Todo está arreglado de acuerdo al plan general y a mi lugar en el sistema, pero en cada momento se me da el libre albedrío, la habilidad para convertir la oscuridad en Luz. Por supuesto, yo sigo olvidándome de
esto, caigo en la oscuridad una, otra vez, pero tengo que esforzarme y
tratar de alcanzar la Luz. En el momento que alcanzo la Luz, yo caigo
en la oscuridad otra vez, por ende tengo que elevarme una y otra vez.
Este proceso continúa hasta el fin de todas las aclaraciones y de todas
las correcciones. Por consiguiente, la diferencia entre exilio y redención es una diminuta adición, la letra Alef, la cual representa “la cabeza del mundo” (Aluf shel olam),
el Creador. Si lo atraigo a Él al estado en que yo me encuentro y me
doy cuenta de que Él es la causa, que no existe nadie más que Él, que
todo proviene del bueno, benevolente y que tengo que corregirme,
entonces, de esta manera aceptaré cada estado, en consecuencia, el
Creador habitará en mí de acuerdo a mis vasijas corregidas. Es en ese
momento que yo convierto el exilio en redención, la oscuridad en Luz. Si yo no logro hacer eso, entonces
permaneceré en el estado corrupto y tendré que encontrar la manera de
fortalecerme y llevar a cabo la corrección.
Este es en realidad todo nuestro trabajo. Nosotros necesitamos
fortalecernos unos a otros en el grupo, con el fin de permitir que cada
uno se eleve de la oscuridad a la Luz, al atribuirle todo al Creador. A nosotros seguramente se nos empujará
hacia atrás de nuevo cada vez y seremos obligados a caer. Es la Luz la
que hace todo esto.

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