Por
sí mismo, el mundo no puede alcanzar de forma suave un estado en el que
comience a reducir a límites razonables la producción de materias
primas, el consumo, los servicios, para entonces la economía
simplemente moriría. La gente no sabría qué hacer y se rebelaría. Así que el capitalismo deberá mantener
artificialmente el empleo de las personas y encontrar algo con qué
mantenerlas ocupadas. A pesar de todo, esto sería un gran problema.
Habría rebeliones, manifestaciones, guerras civiles, e incluso guerras
mundiales, hasta que la humanidad decidiera que debe ser educada de
nuevo para llegar a un nuevo orden mundial en el que fabricaríamos sólo
lo necesario, y en el que las personas que fueran liberadas del trabajo
se involucraran en la educación integral. O bien, puede decirse de esta
manera: Todo el resto estará involucrado en el trabajo espiritual de
acuerdo a la regla general, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La sabiduría de la Cabalá no recomienda
esperar hasta que el sufrimiento obligue a la persona a pensar y a
llegar a un entendimiento de que necesita una nueva educación y hacer
algo ella misma. La sabiduría de la Cabalá ofrece una manera científica
para alcanzar este estado ahora, es decir, para entender que el futuro
de la humanidad solo radica en el consumo moderado y racional de todo lo
que la persona necesita para llevar una vida normal. Todo el resto de sus recursos y
posibilidades debe estar dirigido hacia la creación de una única
sociedad en la que será revelado el Creador, ya que, desde el principio,
ella existe en este mundo sólo para este propósito. Tenemos que ser capaces de mostrarles y
decirles a todos que no hay otro camino, y esto es lo ofrece que la
sabiduría de la Cabalá. Ahora nos enfrentamos a una elección con
respecto a la manera de hacerlo: ya sea de la manera natural, por el
camino de a su tiempo, que es la forma de terribles golpes hasta que
seamos más inteligentes, o por la manera correcta e inteligente,
consciente, que es lo que ofrece la sabiduría de la Cabalá. Con esto,
nos reeducamos no por la fuerza sino por medio del principio de cambiar
nuestro mundo, es decir, reduciendo gradualmente el consumo y en
consecuencia la producción, y haciendo los arreglos para la distribución
equitativa para todos, y así sucesivamente.
No hay manera suave, egoísta de ir hacia
este estado, dado que la forma egoísta está dirigida hacia la
fabricación excesiva. De esta manera, contradice nuestro llamado a
proporcionar cantidades racionales de alimentos, productos y servicios.

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