Ya nadie pone en duda que estamos viviendo en una vorágine llamada “crisis global”. Existe también evidencia en abundancia de que el término “globalización” va más allá de la simple correlación entre los mercados mundiales de valores. Una acepción más precisa del término incluiría el carácter interconectado de la realidad actual, en general. Somos “globales”, no solamente en el sentido financiero, sino también y tal vez en primer lugar, en el sentido social y hasta en el emocional. Nuestros sentimientos se afectan mutuamente con tal intensidad, que bien pueden ser el detonante de un incendio social, de tal magnitud, que vaya afectando país tras país, pasando de un punto en incandescencia al siguiente, a través de las fibras que conectan a la Web Mundial. La “Primavera Árabe” se ha extendido mucho más allá de las fronteras del Mundo Árabe. La única diferencia es que en cada país, las causas y las manifestaciones de protesta se visten con un ropaje diferente. En Egipto, las demostraciones en masa derrocaron al gobierno y en Siria, la resistencia heroica del pueblo frente a la masacre, es un testimonio de la profundidad del cambio que ha ocurrido en el espíritu de las personas; sencillamente, ya no pueden seguir tolerando la tiranía. En Israel, hasta ahora, se han llevado a cabo manifestaciones pacíficas, pero de una magnitud sin precedentes. En la manifestación pública que tuvo lugar el sábado 6 de agosto, participaron 300,000 personas, es decir, aproximadamente 1 de cada 22 israelíes. A modo de ejemplo, si uno de cada 22 estadounidenses participara en una demostración, se necesitaría un espacio para 14 millones de personas. En España, las tiendas de campaña de los indignados han estado en pie durante meses y no se vislumbra una posible solución. En el Reino Unido, estallaron violentas revueltas que parecen haber desconcertado al Primer Ministro, David Cameron, a quien tomaron por sorpresa mientras vacacionaba en Italia. Incluso Chile, se encuentra ya dentro del mapa de protestas con violentas demostraciones estudiantiles. Según un reportaje de CNN, “Más de 60,000 estudiantes y profesores marchan en la capital de Chile”. Yemen, Libia y muchos otros, están ya en la lista de países donde han estallado disturbios, o están a punto de formar parte de este alarmante movimiento. Cuando se analiza la crisis de cada país, puede verse fácilmente que en el fondo de todas ellas, subyace la injusticia económica, política y social. Sin embargo, estos males no son una novedad, sino que han estado atormentando a la humanidad durante miles de años. ¿Por qué entonces, todos protestan particularmente ahora?, y ¿por qué todos ellos lo hacen simultáneamente? Las respuestas se hallan en la estructura y la evolución de la naturaleza humana. Jean M. Twenge y W. Keith Campbell lo exponen puntualmente en su obra La Epidemia del Narcisismo: Vivir en la Era del Derecho Propio[1], diciendo que las personas hoy en día no solamente son narcisistas y egocéntricas, sino que estas características crecen cada día más, a un ritmo alarmante. Como narcisistas, nos situamos a nosotros mismos en el centro de todo, y “catalogamos” a todos los demás en función del beneficio que nos pueden aportar. De esta manera nos relacionamos con el mundo a través de los lentes del derecho personal. Sin embargo, es así justamente, como no deberíamos actuar, si es que queremos salir adelante en una época de globalización, en un mundo interconectado e interdependiente. Para triunfar, será necesario beneficiar a todos aquellos con quienes estamos conectados, de la misma forma en que queremos beneficiarnos a nosotros mismos. Si estamos interconectados y dependemos unos de los otros, entonces, es lógico que si los demás son felices, yo también lo seré; y en sentido inverso, si los demás no son felices, nadie podrá llegar a ser feliz, como lo han demostrado Nicholas A. Christakis, MD, PhD, y James H. Fowler, PhD, en su libroConectados: El sorprendente poder de nuestras redes sociales y cómo moldean nuestras vidas - Cómo los amigos de los amigos de tus amigos, afectan todo lo que tú sientes, piensas y haces[2]. De ahí que la solución radica en transformar nuestro punto de vista sobre el derecho propio y sustituirlo por el derecho social, colocando a la colectividad en primer término, y a nuestro ego después, con el propósito de beneficiarnos eventualmente a nosotros mismos. En términos prácticos, la solución supone tres metas:1. Garantizar el abastecimiento necesario a cada miembro de la sociedad.
2. Garantizar la continuidad de esta mentalidad, inculcando los valores en pro de la sociedad, haciendo uso de los medios masivos de comunicación, del Internet y sobre todo, de las redes sociales.
3. Utilizar nuestro trabajo prosocial para la realización personal, es decir, llegar a realizar todo el potencial que llevamos dentro.
Para lograr la Meta No 1, se debe formar un panel internacional integrado por estadistas, economistas y sociólogos que representen a todas las naciones, para diseñar un plan que establezca una economía justa y sostenible. Es necesario señalar que el término “justo” no se refiere a la distribución equitativa de los fondos y recursos naturales o humanos. Más bien, una economía justa es aquella que no descuide a ninguna persona sobre la faz de la tierra. Así, un niño hambriento en Kenya quizás no necesite el último modelo de iPhone, pero sin lugar a dudas, tendrá derecho a una alimentación adecuada, a un techo sobre su cabeza, a la educación y a una asistencia médica apropiada. Por el contrario, un niño de la misma edad en Noruega, puede poseer ya el último modelo de iPhone, pero sentirse igual de miserable al punto de desear quitarse la vida, o peor aún, atentar contra la vida de los demás, como nos lo han demostrado los últimos acontecimientos en ese país. La angustia en ambos casos es muy distinta, pero igual de aguda, y debe ser abordada por el panel internacional, teniendo en cuenta lo que dijeron Paul Krugman, Premio Nobel de Economía de 2008, así como los columnistas de The New York Times: “Todos estamos en el mismo barco”.
Lograr la Meta No 2 requiere de un cambio de mentalidad. Y puesto que los medios de comunicación determinan la agenda pública, son ellos quienes deberían mostrar el camino hacia la aniquilación del egocentrismo. En lugar de la actual actitud basada en el “Yo, yo, yo”, que los medios han estado cultivando en las últimas décadas, deberían pregonar la “garantía mutua” con una actitud basada en "nosotros, nosotros, nosotros" y el lema “uno para todos y todos para uno”. Si los medios explicaran los beneficios de la garantía mutua y el daño que causa la actitud narcisista, nos sentiríamos atraídos, en una forma natural, a compartir y a brindar cuidado, en lugar de dejarnos llevar por la sospecha y el aislamiento mutuos. Si los comerciales y los publirreportajes mostraran gran veneración hacia los individuos altruistas, entonces todos comenzaríamos a cultivar nuestros deseos de dar, al igual que hoy deseamos ser ricos y poderosos, debido a que los medios enaltecen a los mismos. Una mentalidad prosocial de este tipo nos garantizaría que la sociedad permanezca justa y compasiva hacia todas las personas, y al mismo tiempo, que todos sus miembros contribuyan gustosamente a dicha sociedad. Más aún, algunas de las instituciones restrictivas y reguladoras como la policía, el ejército e incluso los aparatos financieros, o bien se volverían obsoletos o sólo requerirían una simple fracción de los recursos económicos y humanos que actualmente absorben. Aparte, todos esos recursos serían redestinados al mejoramiento de nuestras vidas, en lugar de intentar mantener una relativa seguridad en evidente decadencia. Dentro de tal atmósfera estimulante y prosocial,
La Meta No 3, “Utilizar nuestro trabajo prosocial para la realización personal”, llegaría como un resultado natural. La sociedad animaría y realizaría grandes esfuerzos para fomentar el desarrollo personal de cada uno de sus miembros, garantizando que todos lleguen a realizar el máximo de su potencial personal, pues cuando dicho potencial se emplea para el bien común, la sociedad tiene gran interés en que éste se alcance plenamente. Además, una vez liberados de la necesidad de protegernos del ambiente hostil, descubriremos una abundancia de energías desconocidas que nos permitirán llevar a cabo nuestra realización personal. Como resultado, veríamos la erradicación de la depresión y de todas las enfermedades que se derivan de ella y experimentaríamos una gran satisfacción en nuestra vida. Después de unos cuantos meses de vivir en un ambiente de mentalidad prosocial, no podremos entender cómo pudimos pensar, en algún momento, que el interés propio fuera un buen modelo. Además, el éxito evidente y la felicidad de dicha sociedad brindarán una creciente motivación para promoverla y fortalecerla, creando así un movimiento perpetuo, enfocado tanto en el bienestar de la sociedad, como en el bienestar de cada uno de sus miembros, sin descuidar a ninguno de ellos. En nuestra realidad globalizada, solamente aquella estructura que considere la felicidad y el bienestar de todos los individuos en el mundo como igualmente importantes, podrá asegurar su éxito y sostenibilidad.

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