
Todas las festividades son símbolos del alcance espiritual de la persona. Si empiezo a desarrollar en mí el deseo de otorgar, entonces paso a través del estado de “arrepentimiento” (un período antes del Año Nuevo, Rosh HaShaná), cuando aclaro todo mi mal. Es decir, veo cuán grande es mi ego, al cual no puedo resistir y que comete varios crímenes. Como está dicho en la oración para pedir absolución, de Rosh HaShaná: Hemos transgredido, hemos traicionado. Entonces veo que debo empezar mi camino de nuevo y realizar un cambio dentro de mí: de un egoísta, que hace todo para su propio beneficio, debo convertirme en alguien que otorga, cuida sólo del beneficio del prójimo. Empiezo a entender, que el yo real es precisamente este “prójimo” que me parece ajeno, mientras que mi yo, a quien consideré mi yo anteriormente, no es yo, sino una fuerza impura (mi ego, una serpiente, que se encuentra dentro de mi) que todo el tiempo demanda un llenado. Si una persona empieza a tratarse a sí misma de esa manera, como se trata a una serpiente astuta, mientras que a los demás los trata como a sí misma, a su “yo” real, entonces, tal cambio de conciencia se llama el comienzo del Año Nuevo para dicha persona. Después de esto, lo único que la persona tiene que hacer es corregirse, es decir, llegar a ser igual a la fuerza superior, a la fuerza del Creador: debe convertirse en alguien que otorga. La recepción para nosotros mismos nos da la sensación de “este mundo”. Si mi “yo” está dirigido al otorgamiento, hacia afuera, hacia los demás, entonces, dentro de dicha aspiración, empiezo a sentir otro mundo: el mundo superior. Otorgamiento es cuando amo a alguien y por eso, quiero darle placer: como un amigo hacia su amigo, un anfitrión hacia su huésped. Le cuido tanto que restrinjo mis propios deseos, no quiero recibir ningún deleite y pienso sólo en su placer. Al obtener este “escudo”, el cual me garantiza que no recibiré para sí mismo, estoy listo para recibir y mediante esto, dar placer a la otra persona. Todo lo que recibo es por él, como le decimos a un niño, “Una cucharada por tu papá, una cucharada por tu mamá”. Sin embargo, en el mundo espiritual esta no es una acción simple. Debo restringir mi deseo y abrirlo al placer, pensando sólo en el prójimo. Es decir, mi mente y mi corazón se encuentran dentro de él. Entonces, todo el placer que pasa a través de mi, pasa para beneficio de los demás.
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